Aún lloviendo, ahí estará la fiel afición, animando a su equipo

Sin duda alguna, el fútbol no sería tal si no existieran ese grupo de personas, auténticos románticos de la pelota, que siguen allá donde vaya al equipo de sus amores. Son capaces de lo humano y lo divino por recorrer miles y miles de kilómetros en pos del gol, el abrazo que concede el regalo de un balón besando las mallas. Un gran club siempre tendrá el respaldo del mayor de los tesoros, que no es otro que su hinchada. De poco o nada puede servir tener en plantilla a los mejores del mundo si, tras ellos, como sombras chinescas que crecen en la holgura del regate más brillante, no aparece el colorido y el entusiasmo de la afición más enfervorizada.

Escribo hoy este artículo después de emocionarme el jueves pasado siguiendo por televisión el partido de vuelta de la primera eliminatoria de la Copa de la UEFA, entre el Honka Spoo de Finlandia y el Racing de Santander. Que conste de primera mano que no soy simpatizante de ninguno de los dos equipos. El equipo español disputa por primera vez en su historia una competición europea. En dicho partido, el Racing ganaba por 0-1 y lograba clasificarse para la fase de grupos. Unos 600 aficionados del club racinguista se habían desplazado hasta Finlandia para ver a su equipo. Dicho así, parece la mar de sencillo, pero yo me plantearía varias cosas.

Sin los aficionados, quizás el fútbol no existiría

¿Cuántos de esos 600 aficionados no habrán tenido que pedir uno o dos días libres en su trabajo para poder acompañar al club de sus amores?, ¿cuántos de ellos habrán invertido el ahorro de los últimos meses para seguir a su Racing hasta las recónditas tierras finlandesas?. Y podríamos seguir con muchas más preguntas. Todas ellas se contestan simplemente con el corazón, con el amor hacia unos colores que para mí no tiene precio. No tiene precio seguir a tu club hasta donde haga falta, sabedores de que la gloria o el infierno, en el mundo del fútbol, están separados por una línea demasiado estrecha. No está pagado con nada que cualquier afición, llámese del equipo que se llame, recorra miles de kilómetros en pos de un grito de ánimo, una palabra de aliento, un empujón hacia la victoria.

Los equipos de fútbol viajan a sus respectivos partidos con todas las comodiades. Vuelos, hoteles, todo el tiempo del mundo, autobuses de lujo para llevarlos a los estadios. Las aficiones lo tienen mucho más complicado. Hay que buscarse el billete de avión, buscar, a ser posible, el más barato. Quizás no pueda entrar en el presupuesto el hotel, por lo que muchos viajan simplemente para ver el partido, y volver a casa. Y una vez llegados hasta el aeropuerto de destino, hay que buscarse la manera más rápida, la que sea, para poder llegar al estadio. Todo esto tiene un mérito impagable. Por eso me emociona cuando veo la afición de cualquier equipo que se desplaza cientos, miles de kilómetros, con el único premio de ver a su equipo. No hay amor más grande por unos colores, no hay mayor sentimiento. Se merecen un diez, el mayor de los respetos. Serán las aficiones rivales, sí, puede ser, pero están ahí con el corazón en la mano, dispuestos a entregarlo si hiciera falta por el bello calor de una victoria.