En la misma gala que coronó a Messi como Balón de Oro del 2010, también se hicieron entrega de otros galardones, como el de mejor entrenador del año. A la cita acudían tres prestigiosos técnicos. Por un lado José Mourinho, quien llegaba tras ganar el triplete con el Inter, Liga, Copa de Italia y Liga de Campeones, Pep Guardiola y su título de Liga con el Barcelona, y Vicente del Bosque, campeón del mundo con la selección española en Sudáfrica.

Finalmente el premio se lo llevó, merecidamente, el entrenador portugués, actual preparador del Real Madrid. Se hablaba en las semanas previas que la mención se la podía llevar Vicente del Bosque, por su magnífica actuación en Sudáfrica, aunque al final se impuso la lógica de los titulos, y el luso se llevó el trofeo a casa. Discutir la justicia o no de este reconocimiento es absurdo. Nos podrá caer mejor o peor el portugués, pero lo que está claro es que el año pasado devolvió al Inter a la gloria internacional, y eso nadie lo pone en duda.

Mourinho salía al estrado para recoger su galardón, acordándose de sus “rivales”, Pep y el señor Del Bosque. Enfundado en un elegante traje de chaqueta negro, agradecía a los presentes el premio, casi emocionado, especialmente por las palabras que minutos antes había tenido con él su ex pupilo, el holandés Wesley Sneijder, quien consideraba al portugués el mejor entrenador del mundo. El ahora madridista lograba ser el mejor entrenador del 2010 al conseguir tres títulos el año pasado con el Inter, y darle la oportunidad de disputar la Supercopa de Europa, y el Mundialito de Clubes, que precisamente ganaría hace un mes.

Muchos somos los que nos acordamos ahora del partido que el Inter de Milán hizo en Barcelona, con motivo de la vuelta de las semifinales de la Liga de Campeones. El sistema ultra defensivo que utilizó el portugués fue motivo de muchas críticas por parte, especialmente, de los medios de comunicación catalanes. Se habló de un Mourinho rácano, sucio, un Mourinho antifútbol, ramplón, negado totalmente con el espectáculo. Curiosamente, es el mismo Mourinho que el pasado lunes subía a recoger el premio al mejor entrenador del mundo 2010.

Todos los entrenadores saben que hay partidos en los que prima más el resultado que el espectáculo. En aquel encuentro, el portugués tuvo que tirar de todas las artimañas posibles para devolver a los italianos a una final europea. ¿Ramplón?, ¿antifútbol?. Quizás la palabra correcta sea practicidad. Dolió, y mucho, aquella eliminación en Barcelona. ¿Los motivos?. De sobra conocidos: no repetir final de Liga de Campeones, para colmo disputándose en el Bernabéu, el feudo del eterno rival, y el rostro del entrenador del equipo contrario: Jose Mourinho.