Cesc Fabregas

Cesc Fábregas es de esos jugadores que enamoran a primera vista si tiene un partido para enmarcar. Como al mediocampista del Arsenal le salga lo que lleva en las botas y en la cabeza, sólo queda aplaudirle, porque resume en pocos pases la esencia futbolística. Un jugador joven, apuesta total y absoluta de uno de los mejores entrenadores de Europa, el francés Arsene Wenger. Wenger lo vio jugar de pequeño y lo quiso, sin pestañear. Ya lo vio sobre el tapete del entonces Highbury, terreno de los londinenses, repartiendo juego, llegando al área rival, tomando el tiempo del partido en sus botas, y manejando el encuentro como sólo lo saben hacer los grandes.

En el Arsenal es la auténtica estrella del equipo. El delantero francés Henry, cuando era jugador del Arsenal, lo adoraba, le admiraba. Que te admire un jugador como Henry es para pensar que estamos ante una estrella más del firmamento futbolístico. Cesc comanda el Arsenal, es el buque insignia, la referencia. A pesar de su juventud, ya comanda los galones y los distribuye. Es la sombra de Wenger sobre el campo, su álter ego. Maneja con precisión la pelota, sabe esconderla, dar el pase oportuno, el regate perfecto. Tiene calidad, le sobra.

Cesc con la selección española

Pero, hasta la pasada Eurocopa de Austria y Suiza, Cesc tenía una pequeña espinita en su corazón: la selección española. Allí se sentía como intimidado, no parecía cómodo. Su juego no era el mismo que con el Arsenal. Denotaba calidad cada vez que cogía la pelota, sí, eso no le faltaba, pero podía más, en la mayoría de las ocasiones, un poso de inseguridad que no nos dejaba nada tranquilos. Cesc parecía caer en el letargo que caen los jugadores cuando el peso de la camiseta parece demasiado. Los críticos no le veían junto al centrocampista del Barça Xavi Hernández. No los hacían compatibles. Y eso, a Cesc, le incomodaba aún más.

La pasada Eurocopa, Cesc dio un golpe sobre la mesa, y apareció. Demostró que el chico joven que pasea los quilates de oro por los campos de fútbol de la Premier, también puede hacerlo en la selección. Se desenmarañó de los miedos, y dirigió la orquesta, que es lo que realmente sabe hacer. Se aupó al fútbol de toque impuesto por Luis Aragonés, y se percató de que España le necesita. Era lo que Cesc necesitaba, sentirse un gran jugador en la Roja, sentir que su calidad es necesaria. El título de Campeón de Europa le ha valido para decirle un SÍ rotundo a la selección. Ahora sí, Cesc, ahora sí.