Barcelona y Real Madrid, frente a frente

Faltan apenas 24 horas para que España entera se paralice y acuse aún más la tremenda división futbolística que se produce cuando, sobre un terreno de juego, se ven las caras Barça y Real Madrid. La pasión se desborda y el grito del gol es el único salvavidas al que agarrarse. Mañana es el día del partido, el momento crucial en el que blancos y azulgranas se verán las caras en el coliseo barcelonista. Los hombres de Guardiola como líderes, los madridistas quintos, a nueve puntos del eterno rival. Una derrota los llevaría al pozo y a la hondura, a tirar prácticamente la Liga en pleno mes de diciembre. Las aguas volverían a correr turbias en la capital de España, mientras que allá arriba, en las faldas de Montjuic, el barcelonismo celebraría con júbilo una victoria que no se produce en los últimos cinco grandes clásicos. Los culés pondrían tierra de por medio, y no habría ciclón que los parara.

El técnico del Barcelona Pep Guardiola no ha escatimado elogios hacia el Real Madrid durante esta semana. Le “asusta” que los medios de comunicación sólo estén más pendientes de analizar los goles que recibirá el Madrid en su visita al Camp Nou que del partido en sí. Tiene razón Guardiola cuando avisa, y no porque no quiera ser traidor en estos tiempos que corren, sino porque el Madrid, a pesar de la situación en la que acude a Barcelona, a pesar de las enormes bajas que acusa, siempre será el Real Madrid, y en estos partidos pesa mucho la historia y el escudo del rival. En muchas ocasiones hemos podido ver cómo alguno de los dos equipos ha acudido al clásico como víctima propiciatoria y ha encontrado la resurrección a costa de un rival que se las prometía muy felices. El Real Madrid va de víctima, pero Guardiola avisa. El Real Madrid acude a Barcelona con las bajas de hombres como Robben, Van Nistelrooy, De la Red, Marcelo, Pepe, Heinze, Diarra, Torres… Ha tenido que tirar de cantera y llevarse a la Ciudad Condal a cuatro jugadores del filial, además de un tocado Sneijder, que viaja pero que con toda seguridad no jugará.

El célebre pasillo del Barcelona al Real Madrid

Juande Ramos no se juega mucho en este envite. Bueno, sí, siempre que gane. Si se llevara la victoria, sería el hombre más agasajado del momento. Todos alabarían el cambio de actitud de su equipo en apenas 5 días, nadie se acordaría de Schuster y se convertiría en el nuevo Mesías de un Real Madrid que unos días antes era un dechado de despropósitos. Si saliera derrotado, el desastre no sería achacado a él sino a la herencia de los supuestos desmanes de Schuster. Los jugadores saldrían en su defensa pidiendo paciencia y los medios de comunicación hablarían del hecho de haber tenido tan poco tiempo para concienciar a los suyos de que el juego bonito existe tras la racanería alemana. Todo con el fin de no volver a hacer saltar las alarmas, todo por Juande.

En Barcelona el ambiente que se vive es de euforia, aunque Guardiola haya querido restarle optimismo al asunto. Como dijo Schuster el pasado domingo, este es el año de los azulgranas, y, si los barcelonistas mantienen su ritmo de los últimos encuentros, creo que la victoria es lo más sencillo que se me ocurre pensar que puede ocurrir. La afición culé sigue herida con aquella espina del célebre pasillo del año pasado en el Bernabéu. Tienen hambre de revancha, por mucho que desde el club quieran pasar página y olvidar aquello. La victoria en el clásico, tal y como están las cosas, sería un buen condimento para estas Navidades. Los Henry, Messi, Eto’o, Xavi y compañía tienen la veda abierta mañana para desplegar el fútbol que han venido demostrando en este inicio de campeonato. A menos que les dejen un resquicio, y la defensa madridista es experta en ello, la avalancha podría vestirse de goles. El espectáculo y la fiesta están servidas. Llega el clásico, el partido que divide y apasiona, el que enemista y ensalza. Barcelona – Real Madrid, mañana, a por todas…